sábado, 18 de abril de 2009

Las "ilusiones" de Paula

Ser enajenado es ser ajeno a uno mismo, es dejar de pertenecernos si es que alguna vez fuimos dueños de nosotros mismos. La enajenación es una de las características de nuestra época, a grado tal que pareciera que solo en este tipo de sociedad, la nuestra, ha existido la enajenación. Esta enajenación se expresa de diversas maneras, una de ellas consiste en hacer en cada uno nosotros una especie de división interna, es decir, una separación entre lo que somos y lo que “debemos” ser. Y esto lo aplicamos en lo que se refiere a nuestros pensamientos, sentimientos, intereses, en todo lo que tiene que ver con nuestro contacto con la realidad. Dice Fritz Pappenheim que “Para hacernos valer como individuos nos relacionamos solo con aquellas fases de la realidad que parecen promover el logro de nuestros objetivos y permanecemos divorciados del resto de ella”* Uno de los ejemplos de esto, es el referente al cuerpo humano. En un artículo, publicado el 17 de abril en el portal de la Revista Proceso, Martha Lamas nos muestra como el cuerpo femenino ya no es socialmente aceptado si no reúne ciertas “especificaciones”, ciertas medidas. Es decir, ya existe un prototipo de cuerpo femenino al que se deben ajustar las mujeres actuales para poder ser consideradas mujeres. Pero no me crean, mejor leanlo:



Las "ilusiones" de Paula
MARTA LAMAS

Paula se ha pasado la semana de vacaciones encerrada en un cuarto de hotel. A los 17 años se niega a ponerse traje de baño para bajar a la playa o a la alberca, pues considera que está “demasiado plana”. Varias de sus amigas ya se operaron las bubis, y Paula teme verse “deslucida” junto a ellas. Conozco al grupito de amigas y ella es mucho más guapa, delgada eso sí, pero, por lo demás, espectacular; sólo que ella “prefiere” terminar una traducción en la que ha estado trabajando, que nadar o pasear en la playa. Tampoco irá de antros por la noche, pues piensa que los rellenos del brasier podrían delatarla: “es fácil usarlos bajo un suéter o con una camiseta, pero mucho más complicado si se quiere lucir un escote”.
Paula lleva más de un año juntando el dinero de la cirugía estética que quiere realizarse. Para ponerse buenos implantes mamarios ha ahorrado y está segura de que conseguirá el resto en los cuatro meses que le faltan para cumplir 18 años. Su madre, que no aprueba la operación, le dijo: “si eso quieres, lo harás cuando seas mayor de edad. Nosotros no te damos permiso ahora ni te lo vamos a pagar”.
Hace unos años, el colombiano Gustavo Bolívar escribió Sin tetas no hay paraíso, la historia de Catalina, una joven pobrísima que decide ponerse implantes para dedicarse al comercio sexual con los narcos. La historia, tomada de la vida real, se produjo como telenovela, consiguiendo el récord en teleaudiencia. Ahora bien, ¿qué sentido tiene un aumento mamario en una jovencita ilustrada de clase media alta que va a estudiar economía en una universidad privada? Una característica de la cultura de los jóvenes es que quienes la integran comparten denominadores comunes, pese a las diferencias de clase social. Por eso Paula anhela lo mismo que muchas jovencitas de otros sectores sociales y otras latitudes.
Cuando vio que no había manera de convencer a sus padres de que en lugar de un viaje le pagaran la operación, la joven se puso a hacer traducciones. Su madre dice que lo único bueno que ha traído esa obsesión por agrandarse el busto es esta disciplina de trabajo, pero está preocupada por Paula. Le parece innecesaria la cirugía, teme que cuando sea madre no pueda amamantar, considera absurdo pasar por un proceso doloroso para adecuarse a un dictado cultural. Mientras tanto, Paula le responde que la belleza ha sido siempre una aspiración de las mujeres; por lo tanto, es “natural” su deseo de hacerse lo necesario para “ser bella”.
En el mundo de la cirugía estética circula un discurso que vincula las transformaciones quirúrgicas con el progreso científico y el derecho a decidir. Por eso Paula regresó de una consulta llenándose la boca con “el derecho a modelar mi cuerpo”. Así, una idea fundamental de los derechos humanos –el derecho a decidir– es usada para promover la “normalización” de la cirugía.
Aunque Paula dice que se quiere operar “para verse mejor”, tal parece que ha caído, como muchas otras jóvenes, en lo que Naomi Wolf denominó “la trampa de la belleza”: la autoexigencia de conformarse a un ideal estético estereotipado. Millones de imágenes de mujeres “bellas”, publicadas en revistas, alimentan el mito. Esa difusión de modelos está sostenida por las industrias de belleza que invierten billones de dólares en la fabricación de productos cosméticos y que han hecho de la cirugía plástica la especialidad médica de más veloz crecimiento.
Lo que hace daño de este mito no es el deseo de verse bien y de agradar, sino el imperativo de ajustarse a un determinado tipo de belleza. Y lo lamentable es que ahora tener senos grandes se ha convertido en un requisito indispensable para que las jóvenes se sientan atractivas y aceptadas. En ciudades como Buenos Aires, Río de Janeiro y Bogotá empieza a ser costumbre en cierta clase social que las quinceañeras pidan de regalo la operación. Las ansiedades personales de las adolescentes, su incipiente autoestima, su obsesión por ser atractivas, son fuerzas poderosas para el florecimiento del comercio quirúrgico. Además, muchas chicas lo viven como “una inversión” que les redituará en un mejor trabajo, mayor posibilidad de conseguir pareja, etcétera.
Junto a las complicaciones físicas derivadas de la operación, lo que hace daño es el hecho de que el tamaño de las bubis, tetas o lolas se haya vuelto una medida de valorización o desvalorización. Si bien para la mayoría de los hombres los senos grandes siempre han sido un atractivo, la creencia de que las mujeres con tetas grandes tienen más éxito es una ficción, no sólo porque muchos hombres prefieren senos pequeños (y otras partes de la anatomía), sino porque las partes del cuerpo no están cargadas intrínsecamente de valor. El valor se lo adjudicamos las personas a partir de los intercambios emocionales y físicos que tenemos. El disfrute gozoso del cuerpo es un elemento fundamental, y unos pechos que pierden sensibilidad, o que están falsamente duros, o a los que no se puede estrujar, pueden deserotizar rápidamente.
Tal vez es iluso pensar que las jóvenes como Paula podrían, en vez de modificar sus cuerpos, cambiar la perspectiva con la cual los valoran. Habría que alertarlas sobre las complicaciones que este tipo de operaciones producen, y no sólo las médicas. Cosificar sus cuerpos y percibirlos como un objeto mercantil llevan a jóvenes como Paula a desilusiones, que tratan de curar con otras cirugías, que derivan en más desilusiones


*Pappenheim, Fritz, La enajenación del hombre moderno. Mex. Ediciones Era, S.A. 1965. p.22

miércoles, 8 de abril de 2009

Primer aniversario



Hace un año empezaba esta incursión en el ciberespacio, con el único objetivo de poner en blanco y negro esas difusas ideas que a veces me visitan.
Ideas que tienen que ver con la forma en que la vida cotidiana se hace presente, para ser comentada con los amigos y aún con aquellos que, sin ser amigos, se mostraran dispuestos a una charla informal pero en serio.
Para eso se instaló El Tabarete.
Muchas cosas han pasado desde entonces pero la que quizá alteró sustancialmente la cotidianeidad de nuestra región es la violencia. No es que no hubiera violencia en esta Comarca, siempre la ha habido, es solo que se volvió excepcionalmente cruenta, omnipresente, cotidiana. Entre los muchos cambios que esto generó está el que tiene que ver con los medios de comunicación. Vividores del chisme, los periódicos, canales de televisión y radiodifusoras locales abandonaron su función porque, evidentemente, se dieron cuenta muy rápidamente, de los enormes riesgos que implicaba informar al respecto. Así, la violencia vinculada al narcotráfico desapareció (al menos en un gran porcentaje) de la cobertura de los medios, permaneciendo solamente aquella información que de cualquier manera aparecería en los medios nacionales.
Al principio era impresionante escuchar por las noches (y a veces también durante el día) las balaceras protagonizadas por los diferentes grupos que se disputan nuestras ciudades y al día siguiente, nada, en los periódicos ningún comentario al respecto, como si nada hubiera pasado. La televisión y la radio locales, igual.
La alternativa de comunicación surgió entonces de los mismos ciudadanos, atenazados por la necesidad de tener información para decidir si salir de casa o no, recurrían a los teléfonos (especialmente celulares) y a Internet para saber como “estaba el ambiente” en aquellos lugares o sectores de la ciudad a los que se tenía necesidad de visitar, sea por trabajo o por diversión.
Se tejieron así, densas y estrechas redes de comunicación alternativa. Si antes era costumbre ver televisión, antes de salir de casa, para saber cual era el pronóstico del clima, ahora se acostumbra llamar a quienes viven en el barrio que se quiere visitar, o checar el correo electrónico para saber si no hay visos de alguna posible balacera en el antro al que se antoja acudir.
Dicen mis amigos que lo importante es no dejar de hacer lo que cotidianamente hacíamos pero, ¿es eso posible? ¿Se puede uno quedar impasible al escuchar que los “levantones” se dan en la calle, oficinas, escuelas e, incluso en los hogares? ¿Puede uno justificarse pensando que quienes aparecen descuartizados es porque “seguramente se lo merecían”?
Estamos aprendiendo a vivir en situaciones que antes nos parecían exclusivas de otros lugares del mundo.

Así las cosas, ¿vale la pena festejar un primer aniversario en la red de redes, como llaman al Internet?

Yo creo que si, porque estamos con vida y porque parte de esa vida puede compartirse a través de este espacio.


sábado, 28 de marzo de 2009

El apagón mundial


Hace unos minutos encendimos las luces después de una hora de estar a oscuras. De ese modo, también la familia se unió a la iniciativa de apagar las luces no esenciales en cada ciudad, en cada pueblo, en cada hogar que se solidarice con un Planeta Tierra agobiado por el cambio climático.


Al interior de casa no tuve mayor dificultad para convencer a mis hijos de que apagáramos televisores, computadoras y focos para permanecer durante una hora en penumbras y colaborar a disminuir, de ese modo, la presión que ejercemos sobre el planeta. Mi hijo menor encendió una vela y me generó un espacio romántico, propicio para hacer elucubraciones sobre como ahorrar energía. No fueron esas las reflexiones que acudieron a mi pensamiento pero, de cualquier modo, me sentí parte del esfuerzo de millones de terrícolas preocupados por el malestar de la casa común. Me parece que mi hijo mayor resintió mas que lo destetara de su computadora, dado que por lo menos tres veces me preguntó la hora agregando la pregunta “¿ya mero?”.


La verdad es que no fue tan difícil. Una hora sin luz fue, paradójicamente, una hora sin los usuales proveedores de la enajenación nuestra de cada día. Una hora en que no tuvimos más remedio que enfrentarnos a nosotros mismos. Una hora en la que no tuvimos mas remedio que conversar, hablar de nosotros, de lo que a cada uno de nosotros nos importa. Fue saludable, agradable.

Al exterior, notamos que no se pagaron las luces en ninguna otra casa del vecindario, al menos de las que alcanzábamos a ver. Transcurrida la hora a oscuras, encendí la televisión para ver cual había sido el impacto de esa iniciativa en nuestro país y nada. Casi no había noticieros y, en los que había, no se hablaba para nada de la iniciativa de dejar a oscuras el planeta durante una hora. Ningún canal se daba por enterado.


Y sin embargo fue algo saludable, agradable, delicioso. No porque crea que con una hora de luces apagadas ya se hizo la tarea. No, lo saludable de ese ejercicio fue descubrir que desde tu casa puedes formar parte de una acción global, que desde tu casa puedes meter en crisis a algunos de los poderes fácticos que gobiernan el país (como Televisa y TV Azteca), que con una sola acción puedes fusionarte con un movimiento global, al mismo tiempo que atiendes las particularidades de tus relaciones familiares.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Darwin, paradigma y ciencia (Publicado en Edukate de Abril 2009)



Hace 150 años se publicó un libro que cambiaría, radicalmente, la manera de entender nuestro pasado como género humano y, por lo tanto, también la manera de imaginar nuestro futuro. ¿Como es que un libro puede tener tanto poder? La respuesta a esa pregunta es que, precisamente en eso consiste la fuerza de los paradigmas, el poder de moldear nuestra visión del universo y de nosotros mismos.

El libro en cuestión se llama “El origen de las especies”, escrito por Charles Darwin después de un viaje alrededor del mundo durante el cual, con mucha paciencia y perspicacia, tomó algunas muestras y muchas notas de las mas diversas especies de la flora y fauna de los sitios que visitó. El libro, por supuesto, no es producto exclusivamente de ese viaje ya que en él aparecen ideas que venía madurando desde varios años antes, pero el recorrido le permitió articular de mejor manera las hipótesis que darían sustento a un nuevo paradigma acerca de la historia de la humanidad y una nueva perspectiva sobre la relación entre el hombre y el universo.

En efecto, hasta antes de publicar su libro, las ideas imperantes sobre el origen del hombre eran las derivadas de la llamada visión “creacionista”, es decir, la impuesta por la iglesia durante muchísimos años y según la cual, nuestro origen obedecía a la voluntad divina. De acuerdo con esta “explicación”, los humanos fuimos creados a “imagen y semejanza del creador” por lo que ya se imaginará el lector la revolución que Darwin generó al sostener que en realidad tenemos mas cercanía con los antropoides.

Y como suele suceder, todo paradigma impide o bloquea la aparición de otro, sobre todo si éste descalifica los postulados del anterior y eso es justamente lo que proponía el paradigma evolucionista y, además, de manera muy sencilla, muy fácil de entender aunque muy difícil de aceptar por las implicaciones que tenía. Sucede que un paradigma no es solo una manera de ver el mundo, de entenderlo, de “leerlo” sino que, de esa “lectura” se derivan instituciones sociales, es decir, formas de organización social de las que se desprenden privilegios y que luego será muy difícil cambiar, precisamente porque implicarían la desaparición de esos privilegios. Así la visión “creacionista” se había constituido en uno de los más formidables soportes de la fortaleza de la iglesia por lo que, una visión alternativa tendría que andarse con mucho cuidado si su autor quería sobrevivir. Esa es, quizá, la razón principal por la que Darwin se resistió durante un buen tiempo a publicar los resultados de sus observaciones por sus implicaciones, de las que quizá la mas importante (y peligrosa para la iglesia) era que el origen, desarrollo y evolución de la vida humana tenía su base en la llamada “selección natural”, concepción que prescindía de la participación divina.

Los principios básicos de esta teoría son que todas las especies producen mas descendencia de la que necesitan para reproducirse pero ninguna especie viva puede inundar el mundo, precisamente porque los recursos disponibles son insuficientes, lo que obliga a que solo algunos sobrevivan (los mas aptos). Esto que es válido para los integrantes de una especie, es decir, la competencia para sobrevivir, es también válida para las especies en su conjunto de modo que, así como entre los individuos de una especie solo sobrevive el mas apto, así también entre las especies solo sobrevivirá la que mejor se adapte a las cambiantes condiciones del mundo. La reproducción entre sobrevivientes será, entonces, la reproducción entre los más aptos, entre los mejor adaptados morfológica y comportamentalmente. Y todo lo anterior sin participación divina lo que abría entonces grandes posibilidades para el desarrollo científico, una vez que el pensamiento se libera de las cadenas con las que las iglesias, de cualquier denominación, pero especialmente las fundamentalistas lo mantenían controlado.


Tan compartía Darwin el paradigma creacionista que en su autobiografía recuerda como, en su niñez, para no llegar tarde a la escuela corría y rezaba al mismo tiempo, y sin embargo, cuando lograba llegar temprano atribuía sus éxitos a sus oraciones. Exactamente como funciona cualquier paradigma. Así podemos imaginar que la primer gran lucha entre el paradigma creacionista y el evolucionista se llevó a cabo en el cerebro de Darwin. Hoy a 150 años pareciera que el paradigma de “la creación” ha sido superado y sin embargo no es así. Por lo menos durante los ocho años que padecimos la presidencia de George W. Busch los “creacionistas” contaron con un apoyo sin precedentes. La actitud de Busch siempre fue contraria a la ciencia, precisamente porque entendió, a pesar de ser un minusválido intelectual (o quizá precisamente por eso) que mientras menos desarrollaran el intelecto sus paisanos mas fácil sería gobernarlos. Su presidencia está llena de bloqueos al desarrollo científico y de su apoyo, no muy disimulado, a los impulsores de las corrientes creacionistas en la educación pública norteamericana.
Así pues, feliz cumpleaños a este paradigma que, sin duda, refirma la explicación científica de nuestro origen y posibilita una mejor imaginación de nuestro futuro.

lunes, 9 de marzo de 2009

El club de las mujeres (Publicado en Política y Sociedad de Abril de 2009)


Perdidos entre la parafernalia mercantilista que rodea al llamado “día del amor”, algunos datos exhiben la violenta naturaleza del “amor a la mexicana”. Por ejemplo, de acuerdo con el Instituto Mexicano de la Juventud(1), más del 75 por ciento de los jóvenes de entre 15 y 25 años que tienen relación de pareja padecen violencia psicológica, un tipo de violencia que le llaman “cruzada” porque la ejercen ambos miembros de la pareja. Por lo menos en esa forma de ser violentos la pareja mexicana es “pareja” ya que ambos integrantes se corresponden en cuanto a las acciones de agresión mutua, aunque hay diferencias en los modos y en los propósitos. Así (de acuerdo a la nota periodística citada), las mujeres agreden a “su” hombre para humillarlo, denostarlo y hacerlo sentir mal, mientras que la mujer es agredida para controlarla, influir en su vida y evitar que tome decisiones. Claro que en el caso de la violencia física la situación es diferente, no porque el grado sea menor sino porque es “dispareja” en el sentido de que hombre y mujer juegan el papel de victimario y víctima, respectivamente, aunque el número de hombres agredidos por su pareja tiende a incrementarse.

Por supuesto, esta violenta situación que se vive en el noviazgo se institucionaliza con el matrimonio y se extiende a la nueva familia. De acuerdo con la Encuesta sobre Violencia Intrafamiliar del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática(2), la tercera parte de los hogares nucleares constituyen espacios de agresión, aislamiento, destrucción de autoestima, abuso y violencia para sus integrantes, especialmente para las mujeres, niños y adultos mayores, es decir, para los mas indefensos. De manera que, ni pareja ni familia, son los remansos de paz que la publicidad comercial y también la oficial nos ofrecen en los medios cada 14 de febrero o cada primer domingo de marzo. En ambos espacios, la mujer parece ser la gran perdedora en lo que se refiere a los diversos tipos de violencia, salvo en lo relativo a la de tipo sicológico. Y esto es y seguirá siendo así, pues como dice Wright Mills “mientras que la familia como institución convierta a las mujeres en esclavas queridas y a los hombres en sus jefes proveedores y sus dependientes aún no destetados, el problema de un matrimonio satisfactorio no puede tener una solución puramente privada”(3).

Por eso resulta sorprendente la existencia de una pandilla de mujeres. ¿Por qué? Pues para empezar porque la pandilla es una expresión de la característica territorialidad de los hombres, en la que se defiende palmo a palmo el territorio y lo que forma parte de él (incluidas las mujeres). Es decir, la pandilla es una forma de organización típicamente masculina, diseñada para que los hombres defiendan un territorio que siempre estará amenazado por otros hombres. Los integrantes de las pandillas serán normalmente jóvenes, hijos de familias disfuncionales, desempleados y expulsados de la vida escolar, es decir exiliados del hogar, de la vida académica y rechazados en el mundo laboral…pero varones. Así, la pandilla parece ser una extensión más del imperio de la testosterona, del mundo de los hombres, un mundo en el que, ciertamente, las mujeres tienen su espacio pero como amantes, como depositarias del honor del barrio o como trofeos que deberán ser arrancados a las bandas rivales.

Y sin embargo, la ciudad de México es la sede de una pandilla femenina, única en su tipo según los especialistas citados por la revista que presenta un reportaje en el que nos anuncia su existencia(4).


De acuerdo con la nota, la pandilla se hace llamar Porra Femenil Vallejo (PFV) y uno de los rasgos que las perfila es el hecho de que dejaron de ser “las viejas de la banda y para la banda”. Constituyen una especie de “club de Tobi” pero a la inversa, o sea, un club femenil en el que no se admiten hombres, un club excluyente, “solo para mujeres”. Lo constituyen alrededor de 60 chavas de entre 15 y 21 años, integradas en esta pandilla que ya tiene 12 años, por lo que mas de una generación ha pasado por sus filas. También es interesante el hecho de que mencionan un vínculo (obviamente no formal) con la UNAM pues, al menos algunas de ellas, están inscritas en el Centro de Ciencias y Humanidades CCH Vallejo, por lo que son consideradas algo así como “porras”, es decir, expresión del viejo fenómeno del porrismo que desde los 60’s afecta a nuestras universidades públicas, solo que en el caso de la PFV es la versión femenil.

Mas allá de la veracidad del reportaje, éste sugiere que hay una realidad que no ha sido estudiada, un espacio social en el que las mujeres transgreden el rol que el actual orden social les asigna, aún cuando dicha transgresión termine refuncionalizando, sin transformar, ese orden patriarcal que caracteriza a la sociedad mexicana. Un espacio donde es preciso ver con ojos diferentes tanto lo masculino como lo femenino.
Como quiera, no deja de ser un seductor objeto de estudio este club de las mujeres.

Referencias
(1) http://www.jornada.unam.mx/2009/02/13/index.php?section=sociedad&article=038n1soc
(2) La Familia no es como la pintan, Reyes, Mario. Suplemento Letra S, La Jornada. 2009-01-08.
(3) Wright Mills, C. La imaginación sociológica. Fondo de Cultura Económica, México. 1997. 2ª Ed. pp. 29-30.
(4) El club de las mujeres. Rosagel, Shaila. Revista 7 Días Nº 441, 7 de febrero de 2009.

jueves, 19 de febrero de 2009

Estado fallido y la nueva nocturnidad lagunera




Desde la perspectiva de quienes vivimos/padecemos un virtual estado de guerra como el que se vive en nuestro país, no podemos dejar de creer que, en efecto, tienen razón los norteamericanos cuando dicen que el nuestro es un “Estado fallido”, un Estado que no alcanzó a “cuajar”, que se quedó trunco en su proceso de desarrollo. Un Estado que no maduró en su fase embrionaria y quedó en una especie de aborto. El indicador principal para hacer este tipo de análisis es el monopolio en el ejercicio de la violencia, de manera que cuando “señores de la guerra”, agentes de otros Estados o simplemente caciques locales monopolizan el ejercicio de la violencia entonces estaremos ente un Estado fallido. Ejemplos de ello son Afganistán, Irak, Haití, países de los que puede decirse que poseen una población, un territorio pero no la soberanía que caracteriza a un Estado, ya que extensas porciones de su territorio están en manos de otros países o de bandas armadas que han convertido esas porciones territoriales en terrenos sin ley o donde la ley que impera es la ley de esas bandas y no la del Estado. Así, con esos datos, vemos que dicha denominación le queda a la medida a nuestro país. Para constatarlo ya ni siquiera es necesario consultar el dato estadístico en los acervos del INEGI, ni buscar la nota roja en los diarios.



Es el caso de nuestra región. Cualquier día y, sobre todo, cualquier noche, el tableteo de las armas automáticas interrumpe nuestro sueño o sorprende nuestro tránsito por cualquiera de las calles de nuestra comarca.

El terrorismo no anunciado inunda nuestras vidas, de manera que la charla informal de cada día está salpicada ya no de leyendas urbanas (historias con visos de realidad pero condimentadas con la imaginación de quien la propala) sino con anécdotas verificables que ilustran el contacto de cualquiera de nosotros con la violencia que se ha vuelto cotidiana.

Así la visita al “antro”, las reuniones entre amigos, las fiestas familiares, en fin, todo aquello que se puede englobar en lo que podríamos llamar la “nocturnidad lagunera” está cambiando de manera radical. De la misma manera que lo hacen los empresarios tabasqueños (cuando organizan una fiesta la hacen en el salón de algún hotel, de manera que al terminar el festejo, los invitados se quedan a pasar la noche ahí mismo, para de esa manera evitar los “levantones”), así los jóvenes laguneros empiezan a ensayar formas novedosas para vivir su “nocturnidad”. Reuniones que eluden la noche (algunos la llaman “reuniones de matiné”) porque inician temprano para terminar temprano o bien reuniones tipo “pijamada” que bien pueden empezar ya entrada la noche pero que no terminan hasta el amanecer para de esa manera no andar por las calles en la noche, que es cuando mas peligrosas se han vuelto nuestras ciudades.

Sin embargo, la muerte envuelta en violencia no solo aparece de noche. También de día los ajustes de cuentas entre sicarios de bandas rivales se suceden en los lugares más inesperados.

En estas circunstancias, me parece, lo mas importante es descubrir las fortalezas de nuestra sociedad detrás de las lamentables vulnerabilidades de nuestro Estado. Es entender que si bien padecemos un cuasiEstado contamos, en cambio, con nosotros mismos, contamos con una sociedad que no es fallida, que si bien está lejos de ser una sociedad en plenitud cívica, si está en posibilidad de hacerse cargo de lo que el Estado no puede. No sería la primera vez (y creo que tampoco será la última) que la sociedad mexicana rehaga su tejido social y busque, por si misma, nuevos y mejores horizontes. Mientras tanto, hay que aprender de nosotros mismos, de nuestros intelectuales, de nuestros jóvenes, de nuestra propia fuente inagotable de creatividad.

sábado, 4 de octubre de 2008

¡No se olvida¡










En la búsqueda de esas solidaridades dispersas a las que se refiere Edgar Morín (pronúnciese “Morán”), acepté la invitación de jóvenes universitarios para participar en una marcha conmemorativa de la represión del movimiento estudiantil de 1968.
Convocada para iniciar a las 5 de la tarde, la manifestación partió de la Fuente del Pensador, en la Alameda, alrededor de una hora después. Me integré cuando llevaban avanzadas unas cuadras y me sorprendió ver que eran un grupo compacto pero entusiasta, compuesto de jóvenes muy muuy jóvenes, a pesar de que la convocatoria era para todo el pueblo en general.
En lo que me integraba escuchaba comentarios de peatones, empleados de tiendas y automovilistas que comentaban entre ellos cosas como “Pinches guevones, deberían ponerse a trabajar”, otro decía “Mira, son puros emos” y otros simplemente trataban de entender que relación había entre las consignas que los jóvenes manifestantes gritaban y lo que las mantas expresaban. El sol arrancaba gruesas gotas de sudor de nuestras frentes y la piel de nuestros rostros mostraba su irritación adquiriendo tonos rojos u obscuros, como en mi caso. Afortunadamente, tuve la precaución de llevar el sombrero que cuatro meses antes me regalara Eder. Pese a todo, ni sol, ni calor, ni pavimento ardiente parecían menguar el ánimo juvenil. Voces femeninas incitaban al grito “Dos de Octubre, no se olvida” en una marcha que era encabezada por una manta enorme en la que la aparecía la imagen de la patria, esa joven mujer de rasgos indígenas que adornaba la portada de los libros de texto de primaria.
No teníamos miedo, pero algunos, cuando nos dirigíamos a la Alameda, pudimos ver en las cuadras cercanas a patrullas de dos o tres camionetas de la PFP con policías cubiertos con pasamontañas y armados hasta los dientes. Es normal, pensamos, en una ciudad cuya cotidianeidad se adorna con cadáveres mutilados que amanecen en lugares públicos. No teníamos miedo, pero era inevitable pensar que en 1968 también era “normal” que en los alrededores de las movilizaciones estudiantiles abundara la presencia policiaca. Afortunadamente, durante la caminata los policías no se hicieron presentes, ni siquiera para “protegernos”. Y digo “afortunadamente” porque luego empecé a entender que era lo que movía a jóvenes a protestar por algo que había sucedido veintitantos años antes de que ellos hubieran nacido. Ese algo es la represión policial. Lo entendí cuando vi que de entre las filas se desprendían jovenzuelos para pintar las paredes con leyendas como “Fuck the police” o “police = pigs”. ¿Y eso que demonios tiene que ver con lo que militares y policías hicieran en Tlatelolco a estudiantes indefensos ese dos de octubre de 1968? La respuesta es: la represión. Así como en ese entonces los jóvenes exigían la derogación del delito llamado de “disolución social”, que no era otra cosa que la prohibición de reuniones en la vía pública, pues así los jóvenes actuales sufren la permanente persecución por reunirse en las calles. Diariamente, pero especialmente los fines de semana, la policía realiza redadas en los barrios marginales donde los chavos se reúnen a escuchar música rap o ska y cargan con ellos por el solo hecho de ser jóvenes. Persecución, humillaciones, golpes y encierros son lo que los jóvenes reciben de manera cotidiana de parte de la policía. Jóvenes que cada vez encuentran mas disfuncionales las familias que los adultos hemos construido, que cada vez están mas hartos de las banalidades que ofrece la televisión, terminan huyendo cada tarde o cada noche de su casa para refugiarse en las esquinas, en la calle, en la plaza. En esos lugares dan rienda suelta a la frustración que muy pronto se transforma en rebeldía creativa plasmada en interpretaciones de rap o al bailar ska. Por eso digo que “afortunadamente” no hubo provocaciones por parte de la policía, pues los muchachos tienen bastante rabia antipolicial acumulada.


Después de avanzar por la Hidalgo, en la calle Zaragoza dimos vuelta al norte para luego tomar la avenida Juárez, por la que iniciamos el regreso hasta El Pensador. Ahí, en la Alameda, se inició el “toquín”, la parte musical, mas lúdica pero igualmente rebelde. Al ritmo de rap, con letras agresivas, compuestas por los propios muchachos la movilización se transformó en fiesta, pero en fiesta de solidaridad, de inconformidad con una sociedad que les niega espacio vital. Por eso estaban, estábamos, ahí, contentos; la Fuente del Pensador era de ellos, de nosotros, al menos por esa tarde y parte de la noche. Luego aparece el ska, después la guitarra nos trae al eterno rebelde, al inseparable compañero de marchas y luchas, el Ché, cuando la guitarra acompaña a quien canta

Aprendimos a quererte
Desde la histórica altura
Cuando todo Santa
Clara
Se despierta para verte



Continúa el rap, el ska, la pasión, el enojo por la represión tan lejana y tan cercana a la vez. Luego piden la reflexión, solicitan que Rafa Zuno, profesor de varios de los presentes, tome la palabra. Y sí, la palabra del profesor hace reflexionar. Habla de cómo la lucha sesentayochera se une con las luchas actuales, habla de cómo la represión de ahora, la militarización creciente del país puede terminar en otro sesenta y ocho si no nos organizamos. Rescata lo valioso de esta movilización porque, dice él, solo resistiendo podremos sobrevivir. Porras y aplausos culminan su intervención.

Pienso en lo que dice Mauricio Carrera en su ensayo “68 La vida estaba en otra parte”*. Ahí menciona que las sociedades estaban cambiando y nadie lo entendía, dice “nadie parecía entender muy bien lo que pasaba, pero solo los jóvenes reaccionaron ante estos cambios, ante esta incomprensión.” Creo que algo similar veía yo en esta protesta, chavos que no entienden muy bien lo que sucede pero lo intuyen, les molesta y reaccionan. Son como la parte sensible de nuestra sociedad, son nuestros sensores remotos que nos indican que un terremoto social se aproxima, pero no lo entendemos. Nuestra sensibilidad se ha atrofiado por falta de uso.

“Hay momentos en que tengo ganas de rebelarme como un loco”, es la frase que el ensayo de Carrera recupera del libro de Albert Cámus “El mito de Sísifo” para explicar la inexplicable rebeldía de los jóvenes de entonces (y yo digo que de los jóvenes de hoy, también). En ese libro, Cámus habla del esfuerzo inútil del ser humano moderno que malgasta su vida en fábricas u oficinas. Condenados, como Sísifo, a repetir eternamente la misma y fatigosa tarea, tan solo para reiniciarla una vez que la concluimos, Cámus pregunta si ante esta situación sólo nos queda la complacencia o el suicidio y responde que no, la alternativa es la rebelión. Esto es lo que no sé si los chavos lo saben, pero estoy seguro que al menos lo intuyen…y reaccionan.

¿Y que quieren los jóvenes de ahora? Pocos o nadie lo entiende. De hecho, a pocos les interesa. Igual que en 1968. Quizá por eso vale la pena el rescate que hace Carrera de algunas de las consignas que adornaron las calles de París en mayo de ese año: “La imaginación al poder”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “Abre tu cerebro tan a menudo como tu bragueta”, “Decreto un estado de permanente felicidad”, “El agresor no es quien se rebela, sino quien reprime”, “Cuanto mas hago el amor, mas quiero hacer la revolución”, “Una barricada cierra una calle pero abre un camino” y por supuesto, la frase de Rimbaud que da título al ensayo en mención, “La existencia está en otra parte”.




Nos retiramos y dejamos a los jóvenes, muuy jóvenes, en su conmemoración/fiesta.

Mientras caminamos rumbo al auto, las consignas del 68 francés me hacen pensar que, en muchos sentidos, seguimos viviendo en 1968. Persiste el autoritarismo, la antidemocracia (ahora revestida de alternancia), la violencia es parte de la vida cotidiana, así que ¿tiene sentido ser optimistas?. Creo que sí, siempre y cuando seamos realistas. Es lo que demostraron los jóvenes que dejamos atrás, en el Pensador, cantándole a la vida.

“Seamos realistas, pidamos lo imposible” expresión del pensamiento creativo/subversivo del 68, se cruza con el pensamiento complejo de Edgar Morín que afirma que “el optimismo se funda en lo improbable”.




*Carrera, Mauricio. “68, La vida estaba en otra parte”. Revista Día Siete, Núm. 403.